Hay algo sagrado en la mirada de un niño.
En esos ojos curiosos, donde el tiempo no corre, sino que se detiene para admirar. Donde una hoja que cae puede ser una danza, un charco se convierte en un océano, y una hormiga es una gran exploradora que carga el mundo sobre su espalda.

Los niños ven lo que los adultos dejamos de mirar.
Mientras nosotros contamos minutos, ellos cuentan colores.
Mientras pensamos en lo que sigue, ellos viven lo que ocurre.
Y mientras corremos para llegar, ellos ya han llegado: al presente.

La vida adulta, con su ruido constante y su urgencia por producir, nos roba el silencio que habita en la infancia. Los niños no tienen prisa por entenderlo todo; solo quieren sentirlo.
Nos recuerdan que la maravilla no se busca, se observa. Que lo extraordinario vive en lo cotidiano, si aprendemos a mirar con calma.

Ellos no ven una simple mariposa: ven un sueño que vuela.
No escuchan solo el viento: escuchan secretos del cielo.
No tocan solo la tierra: tocan vida.

Cuando un niño nos toma de la mano y nos invita a ver el mundo, no solo nos muestra lo que está afuera, sino lo que hemos perdido dentro. Su mirada es un espejo limpio donde el alma se reconoce sin máscaras ni cansancio.

Quizá la verdadera sabiduría no está en saber más, sino en volver a mirar como un niño: con asombro, con ternura, con la certeza de que todo tiene un propósito, aunque no lo entendamos del todo.